viernes, 23 de septiembre de 2016

Crónica de Bresnius · IX

16 de tarsakh del año 1368 CV
Forja de Eltargrim Irithyl, Bosque de Cormanthor

Durante la espera, ayudo a Bathory a colocar tablas sobre la pegajosa savia de la rampa por la que se accede al exterior. Astric regresa. Las noticias que trae son escalofriantes. Fuera, un edificio cuadrangular, con el tejado casi derruido por completo, se abre al cielo diurno. No tengo duda alguna, se trata de la construcción que divisamos desde el Sitial de Bronce. En la pared situada a nuestra izquierda se amontonan de una forma extraña los restos de la derrumbada techumbre, parece como si una una sola y enorme extremidad los hubiese barrido. En la pared del fondo se aprecian tres estrechos y altos ábsides. La pared lateral derecha se encuentra cubierta de más escombros y broza, lo cuales muy probablemente estén taponando la salida al exterior. En el extremo distal de ese muro, una jaula mantiene cautivos a una veintena de campesinos y peregrinos en estado lamentable y aterrorizado.

En el centro del patio, un gran estanque circular, lleno a rebosar de rojiza y ponzoñosa savia, cubre la mitad de la superficie. Hasta seis pasillos radiales de piedra llegan hasta una plataforma central. En ella, se ubican un yunque y un fuelle en muy buen estado, lo cual solo puede deberse al influjo de la magia, así como una fragua en parte derruida. En el núcleo de la estructura se eleva un enorme y grisáceo menhir, de unos cuatro metros de altura y cubierto de glifos que resplandecen con una luz azulada en su parte inferior, el cual está custodiado por la figura, durmiente y enroscada a la propia piedra, de un enorme dragón verde de casi cinco metros de longitud, que se encuentra encarado en dirección al lugar en el que nos encontramos.

Es difícil describir la sensación de alteración que sufrimos al recibir la noticia. Hemos descubierto el origen del antiguo horror del bosque, tal y como nos comprometimos con los elfos de Velezhûil, pero todavía podemos hacer algo más, podemos liberar a los cautivos. Así, Astric, en todo un acto de valentía, de nuevo se aventura en el exterior para interrogarles. Intrigada por un resplandor que proviene del ábside central, en la pared opuesta a nuestra posición, descubre una pequeña jaula ocupada por dos elfos debilitados en exceso; uno de ellos le hacía señales con un espejo. Son los pescadores de Velezhûil a quienes hemos venido siguiendo, todavía están vivos. Astric no consigue comunicarse con ellos. Los humanos están muy ansiosos por liberarse, le cuentan que todas las noches, las sombras nocturnas que les capturaron, y a quienes describen como los seres vegetaloides, les traen agua y comida, a la vez que sacan a uno de ellos para alimentar al dragón. Quien, según también le dicen, solo se despierta para comer; parece sumido en un ritual continuo. Según su relato, los elfos están reservados para un momento importante; no dudan que su destino es ser también devorados.

En el camino de vuelta, Astric se percata de que a los pies del dragón hay broza, restos de huesos y conchas. ¡Coincide! Todo indica que al menos alguno de los elfos videntes de Velezhûil, especialmente el de sangre dorada, está confabulado con el dragón. Me reafirmo en mis pensamientos de que su intención es presionar la partida de la Compañía del Roble para que ejerzan como su guardia en el camino hacia la Retirada, extremo que conocemos de la boca de Iliria.

Al regreso de la halfling, y todavía más intrigado por los glifos labrados en el menhir, me encomiendo a Mystra y recorro con cautela parte de la rampa, lo suficiente como para contemplar con mis propios ojos al dragón y la piedra sobre la que reposa. Ahora lo veo claro, es la forja de Eltargrim Irithyl, y la piedra hincada es un mythal, un artefacto mágico de inmenso poder creado por los Selu’Taar, los altos magos elfos del antiguo reino de Cormanthyr. Por lo que he leído en mis estudios sobre los días del pasado, en el ritual del alzamiento de este mythal intervinieron varios altos magos, y terminó con el fallecimiento de su creador, Herchel Moir, alto mago alquimista de la corte de Eltargrim. Los finales funestos eran frecuentes en este tipo de rituales de enorme poder. El artefacto se erigió para proteger a la forja del paso del tiempo y alejar a las criaturas malignas. Los libros que he estudiado cuentan que comenzó a corromperse durante los días aciagos de Myth Drannor, o poco tiempo después, hace unos seiscientos cincuenta años. Y ahora que lo tengo ante mí, puedo comprobar como los glifos han sido arañados por unas poderosas garras, pervirtiendo así su significado y su efecto. Hemos comprobado en primera carne cómo su magia ya no repele a los seres malvados, sino a todos aquellos de sangre élfica.

Mis compañeros hablan de intentar acabar con el dragón o destruir el mythal. Hasta donde sé, es una tarea que, para poderse llevar a cabo, requiere más poder del que tenemos. No podemos rivalizar con la energía de la Urdimbre que depositaron varios altos magos, y más teniendo en cuenta que uno de ellos acabó extenuado hasta la muerte por ello. Y el dragón, aunque no parece adulto, está claro que hace mucho tiempo que dejó de ser una cría. En cualquier caso, pienso que si conseguimos liberar a todos los cautivos, a buen seguro al menos enlenteceremos el ritual de de envilecimiento del mythal que está llevando a cabo el tremendo ser alado, quizá lo suficiente como para poder dar el aviso a la Compañía del Roble y regresar con más fuerzas bajo el amparo de la figura de Erevan Ilesere.

Así, tras un frenético debate, finalmente decidimos rescatar de inmediato a los presos que sirven como despensa del dragón y su perverso rito. Como suele ser habitual, Astric y Bathory son quienes se aventurarán, ya que mis dotes y las de Tomas para avanzar con sigilo son muy escasas. Antes de salir, Bathory bebe la poción de invisibilidad que nos dieron los elfos de Velezhûil, mientras Astric, como fiel seguidora de Tymora y la buena fortuna que concede, se pone el anillo que encontró en la charca de la mina deseando que encierre alguna protección mágica. También le insto a utilizar el pergamino de protección contra el ácido, ya que aunque los dragones verdes son conocidos por expulsar gas por la boca, toda precaución es poca, pues desconozco si su gas nocivo es venenoso o corrosivo.

Con mucho cuidado, llegan hasta los elfos, Astric fuerza la cerradura, y junto con Bathory les ayudan a llegar hasta nosotros. Las dos parten raudas de nuevo, para hacer lo mismo con los humanos, mientras Tomas ayuda a los elfos, quienes se sienten reconfortados ante la presencia del portador de la figura de su dios camaleón, y yo preparo antorchas para la huída por los túneles de la oscura y antigua mina. Todo discurre según lo esperado, Astric y Bathory liberan a los humanos. Pero en el trayecto de regreso, uno de los azorados recién liberados cae sobre la broza con gran estruendo. Y el dragón se despierta. Casi instintivamente, Bathory, haciéndose visible, lanza dos bien dirigidas flechas, una a cada ojo de la bestia, pero ambas rebotan en su cara con un sonido seco. Una clara evidencia de que no somos rivales para semejante monstruo. Mientras espero con todas las antorchas que he podido encender, visualizo fugazmente que si lanzamos algún objeto para activar el fuelle o quemar la broza junto a los escombros, quizá ganemos el tiempo suficiente como para distraer a la bestia y tener alguna opción de escapar con vida del terrible encuentro. Quién iba a pensar que al otro lado de esa mazmorra iba a haber un dragón.

Bresnius de Mystra, servidor del Misterio


Dragón verde, por Larry Elmore.

No hay comentarios:

Publicar un comentario